Saturday, April 7, 2012

ESOPO: FÁBULAS.



11 – La zorra y la serpiente.



Se encontraba una higuera a la orilla de un camino,
y una zorra vio junto a ella una serpiente dormida.

Envidiando aquel cuerpo tan largo, y pensando
en que podría igualarlo, se echó la zorra a tierra
al lado de la serpiente e intentó estirarse cuanto pudo.
Tanto esfuerzo hizo, hasta que al fin, por vanidosa, se reventó.


No imites a los más grandes, si aún no tienes las condiciones para hacerlo.

PROBLEMAS DE DIRECCIONES ELECTRÓNICAS

Hemos estado experimentando problemas con las direcciones de este blog. Mis más sinceras disculpas a los lectores de este sitio.
J.Méndez-Limbrick.

Friday, April 6, 2012

ANNE RICE


Hablar de Anne Rice es hablar de vampiros.

Nacida bajo el nombre de Howard Allen O`Brien, desde pequeña cambió su nombre a `Anne`. Se casó con el difunto poeta y pintor Stan Rice en 1961, con quien tuvo dos hijos, Michele en 1966 y que murió de leucemia a los 5 años de edad y el famoso escritor gay Christopher Rice (que nació en 1978).

Desde pequeña estuvo interesada en temas de vampiros y brujas. En su carrera como escritora, también ha publicado con los pseudónimos Anne Rampling y A.N.  Roquelaure, este último en sus primeros años y para temas más orientados a adultos, sus libros contienen constantemente mezclas de lo horroroso con lo lujurioso, destacándose en sus historias de ficción los sentimientos homoeróticos que sienten sus personajes. Sus más importantes obras bajo estos pseudónimos son la `Trilogía de la Bella Durmiente`, donde Rice dejó volar su imaginación portentosa situando la acción en sitios lejanos y palacios.

Su primer libro, Interview With The Vampire (Entrevista con el vampiro en español) fue escrito en 1973 y publicado en 1976. En 1994 Neil Jordan realizó una película basada en su libro y protagonizada por Tom Cruise y Brad Pitt y años más tarde se realizó otra película sobre el tercer libro de la serie Crónicas Vampíricas, llamada Queen Of The Damned(`La reina de los condenados`) La película fue criticada por su falta de coherencia respecto al libro original. El segundo libro de la saga, Lestat, The Vampire` se convirtió en un musical de Broadway.

En diciembre 1998 a Rice se le diagnosticó Diabetes Mellitus cuando entró en un coma diabético. Desde que empezó a tratar su condición con insulina, Rice ha sido una activista para que la gente se haga exámenes para diagnosticar la diabetes.
Por su eterna batalla contra el sobrepeso, así como la depresión por la enfermedad y consecuente muerte de su esposo en diciembre de 2002, Rice llegó a pesar 254 libras. Cansada de la apnea al dormir, la movilidad limitada y otros problemas de la obesidad, se sometió a una cirugía de bypass gástrico el 15 de enero de 2003.

El 30 de enero de 2004, Anne Rice anunció que dejaría Nueva Orleans para mudarse al suburbio de Jefferson Parish, Louisiana. Ya puso la más grande de sus tres casas en venta y planea vender las otras dos. Ella vive sola desde la muerte de su esposo y la mudanza de su hijo a otro estado. Aunque algunos aseguran que desea más privacidad de los fanáticos que acampan días en las afueras de su casa, hasta 200 personas han sido contadas esperándola luego del servicio dominical de la iglesia. También es muy requerida en las firmas de libros para los fanáticos de la ciencia ficción.

Últimamente la popularidad de Anne Rice ha decrecido bastante, en parte por las malas acogidas de las críticas literarias a sus últimas obras. Las obras más recientes, como `Sangre y Oro`, la biografía de uno de sus personajes más queridos por ella y por los lectores, Marius, no ha cuajado muy bien en las ventas, en parte debido al reciclaje intelectual que la propia autora ha hecho de
sus libros, que se parecen demasiado los unos a los otros y no alcanzan el esplendor, la novedad, y la maestría de otros títulos anteriores.


Voltaire


ABUSO DE LAS PALABRAS. Las conversaciones y los libros raras veces nos proporcionan ideas precisas. Se suele leer en demasía y conversar inútilmente. Es, pues, oportuno recordar lo que Locke recomienda: Definid los términos.

Wednesday, April 4, 2012

Maupassant: maestro del cuento.

Todos los cuentos de Maupassant son de una construcción perfecta, sin embargo, existe uno en particular que cada vez que lo leo, me causa risa, y admiro el fino humor de este genio de las Letras Universales. "El bigote", no es solo un cuento más sino que en "El bigote" Maupassant hace uso de una jocosidad pocas veces encontrada y vista a niveles tan grandes entre gigantes literarios.

MAESTRO DEL CUENTO.

Guy de Maupassant (1850-1893), autor francés considerado como uno de los grandes maestros del cuento de la literatura universal. Nació en el Château de Miromesnil, en Normandía, y estudió en Yvetot y Ruán. Durante su juventud fue miembro de un grupo literario surgido en torno al célebre novelista Gustave Flaubert, que era íntimo amigo de la familia. Fue el propio Flaubert quien formó a Maupassant en el arte de la creación literaria. La primera obra importante de Maupassant fue el cuento `Bola de sebo` (1880), incluido en el volumen Las veladas de Médan y considerado su obra maestra en ese género. En los 13 años siguientes escribió más de doscientos relatos, entre los que destacan Mademoiselle Fifi (1882) y el famoso La Parure (1884). La obra de Maupassant se caracteriza por sus variaciones sobre el tema de la crueldad humana, su realismo y su estilo sencillo. Maupassant es también autor de tres colecciones de recuerdos de viajes y seis novelas: Una vida (1883), que narra la enternecedora historia de las desventuras de una mujer casada, Bel Ami (1885), basada en el personaje de un periodista sin escrúpulos, Los dos hermanos (1888), La mano izquierda (1889) y Nuestro corazón (1890).


El bigote[Cuento. Texto completo]Guy de Maupassant
Castillo de Solles, lunes 30 de julio de 1883.Querida Lucía, nada nuevo. Vivimos en el salón viendo cómo cae la lluvia. No se puede salir con este tiempo horroroso; entonces hacemos teatro. Qué estúpidas son, querida, las obras de teatro del repertorio actual. Todo es forzado, todo es grosero, pesado. Las bromas impactan como las balas de cañón, rompiéndolo todo. Ni rastro de espíritu, de naturalidad, ningún humor, ninguna elegancia. Estos literatos por cierto no saben nada del mundo. Ignoran por completo cómo pensamos y cómo hablamos nosotros. Tolero perfectamente que desprecien nuestras costumbres, nuestras convenciones y nuestros modales, pero no les permito en absoluto que no los conozcan. Para ser finos, hacen juegos de palabras que podrían servir para alegrar un cuartel militar; para ser joviales nos sirven un ingenio que han debido cosechar en las alturas del bulevar exterior, en esas cervecerías llenas de artistas en las que se repiten, desde hace cincuenta años, las mismas paradojas de estudiante.
En fin, hacemos teatro. Como sólo somos dos mujeres, mi marido desempeña los papeles de doncella, y para ello se afeitó. No te imaginas, querida Lucía, qué cambiado está, ya no lo reconozco... ni de día ni de noche. Si no dejase crecer enseguida su bigote creo que le sería infiel, de tanto que me disgusta así.
En serio, un hombre sin bigote deja de ser un hombre. No me gusta mucho la barba que casi siempre da un aspecto desaliñado, pero el bigote, ¡ay, el bigote!, se hace imprescindible en una fisonomía viril. No, nunca podrías imaginar cuán útil resulta para la vista y... las relaciones entre esposos... este pequeño cepillo de vello en el labio. Se me han ocurrido un montón de reflexiones sobre este tema que apenas me atrevo a contarte por escrito. Te las diré de buena gana... en voz baja. Pero las palabras que expresan ciertas cosas son tan difíciles de encontrar, y algunas palabras insustituibles, resultan tan feas sobre el papel, que no puedo escribirlas. Y además, el tema es tan complejo, tan delicado, tan escabroso, que necesitaría una ciencia infinita para abordarlo sin peligro.
¡En fin! Da igual si no me entiendes. Y además, querida, procura leer entre líneas.
Sí, cuando mi marido me llegó afeitado, enseguida supe que jamás sentiría debilidad por un comediante, ni por un predicador, aunque fuese el padre Didon, el más seductor de todos. Y cuando más tarde estuve a solas con él (mi marido), fue mucho peor. ¡Oh! querida Lucía, nunca te dejes besar por un hombre sin bigote; sus besos no tienen ningún sabor, ninguno, ninguno! Ya no tiene ese encanto, esa suavidad y esa... pimienta, sí, esa pimienta del auténtico beso. El bigote es su guindilla.
Imagínate que te apliquen en el labio un pergamino seco... o húmedo. Esa es la caricia del hombre afeitado. Desde luego ya no merece la pena.
¿De dónde viene pues la seducción del bigote, me preguntarás? ¿Acaso lo sé?
Primero te produce un delicioso cosquilleo. Te roza la boca y sientes un escalofrío agradable por todo el cuerpo, hasta la punta de los pies. Es él quien acaricia, quien estremece y sobresalta la piel, quien otorga a los nervios esa vibración exquisita que te arranca ese pequeño "¡Ah!", como si una tuviese mucho frío.
¡Y en el cuello! Sí, ¿has sentido alguna vez un bigote en tu cuello? Eso te embriaga y te crispa, te baja por la espalda, te llega hasta la punta de los dedos. Te retuerces, mueves los hombros, echas la cabeza hacia atrás. Una desearía huir y quedarse; ¡es adorable e irritante! ¡Pero qué sensación tan agradable!
Hay más todavía... ¡de verdad, ya no me atrevo! Un marido que te quiere del todo sabe encontrar un montón de recónditos lugares donde esconder sus besos, de los cuales una no se percataría nunca sola. Pues bien, sin bigote esos besos también pierden mucho de su sabor; ¡sin contar que se vuelven casi indecentes! Explícalo como puedas. En cuanto a mí, ésta es la razón que lo justifica. Un labio sin bigote está igual de desnudo que un cuerpo sin ropa; y, la ropa siempre hace falta, muy poca si tú quieres, ¡pero es necesaria!
El Creador (no me atrevo a escribir otra palabra al hablar de estas cosas), el Creador tuvo el detalle de velar todos los amparos de nuestra carne donde tenía que esconderse el amor. Una boca afeitada se me parece a un bosque talado alrededor de alguna fuente a donde se va a comer y dormir.
Eso me recuerda una frase (de un político) que desde hace tres meses me está dando vueltas en la cabeza.
Mi marido, que lee los periódicos, me leyó, una noche, un discurso singular de nuestro ministro de agricultura que se llamaba entonces el señor Méline, ¿habrá sido sustituido por otro? Lo ignoro.
No estaba escuchando, pero el nombre de Méline me llamó la atención. Me recordó, no sé muy bien porqué, las escenas de la vida de Bohemia. Creí que se trataba de una modistilla. Así fue cómo memoricé unos fragmentos de este discurso. Entonces el señor Méline les hacía a los habitantes de Amiens, creo, esta declaración cuyo significado llevaba buscando hasta la fecha: "No hay patriotismo sin agricultura". Pues ese significado, lo he hallado hace un rato; y he de confesarte que no hay amor sin bigote. Cuando uno lo dice de este modo suena raro, ¿verdad?
¡No hay amor sin bigote!
"No hay patriotismo sin agricultura", afirmaba el señor Méline; y tenía razón ese ministro, ¡ahora lo entiendo!
Desde otro punto de vista, el bigote es esencial. Determina la fisonomía. Te da un semblante dulce, tierno, violento, de rudo, de golfo, ¡de atrevido! El hombre barbudo, realmente barbudo, el que lleva todo el pelo (¡oh!, ¡qué palabra más fea!) en las mejillas no tiene finura en la cara, pues quedan ocultos sus rasgos; y la forma de la mandíbula y del mentón revelan muchas cosas a quien sabe ver. El hombre con bigote conserva su aspecto propio y su elegancia al mismo tiempo.
¡Y qué variados son esos bigotes!
Tanto son solapados, rizados, como coquetos. ¡Estos parecen querer a las mujeres por encima de todo!
Tanto son puntiagudos, como agujas, amenazadores. Éstos prefieren el vino, los caballos y las batallas.
Tanto son enormes, caídos, espantosos. Éstos enormes suelen disimular un carácter excelente, una bondad que linda con la debilidad y una dulzura que se confunde con la timidez.
Además, lo que primero me encanta del bigote es que sea francés, muy francés. Procede de nuestros padres los galos y luego perduró como señal de nuestro carácter nacional.
Es fanfarrón, galante y bravo. Se empapa graciosamente de vino y sabe reír con elegancia, mientras que las anchas mandíbulas barbudas son pesadas en todo lo que hacen.
Por cierto, me acuerdo de una cosa por la que lloré con fuerza y que me hizo también, ahora me doy cuenta de ello, amar el bigote en los labios de los hombres.
Fue durante la guerra, en casa de papá. Era jovencita por aquel entonces. Un día hubo un combate cerca del castillo. Llevaba toda la mañana oyendo cañonazos y disparos, y por la noche un coronel alemán entró y se instaló en nuestra casa. Luego, al día siguiente se marchó. Fueron a avisar a mi padre de que había muchos muertos en los campos. Los mandó traer a casa para enterrarlos juntos. Los tumbaban a lo largo de la gran avenida de abetos, por ambos lados, a medida que iban llegando; y como empezaban a oler mal, se les echaba tierra en el cuerpo mientras se esperaba a que hubieran cavado la fosa común. De este modo ya no se veía más que sus cabezas que parecían salir del suelo, igual de amarillas, con sus ojos cerrados. Quise verlos; pero cuando descubrí aquellas dos largas líneas de horribles caras, pensé que iba a perder el sentido; y me puse a examinarlas, una tras otra, procurando adivinar lo que habían sido esos hombres.
Los uniformes estaban enterrados, ocultos bajo la tierra, y sin embargo de repente, sí querida, de repente reconocí a los franceses, ¡por su bigote!
Unos se habían afeitado el día mismo del combate, ¡como si hubiesen querido ser coquetos hasta el último momento!. No obstante, su barba había crecido un poco, pues sabes que la barba sigue creciendo aún después de la muerte. Otros parecían tenerla de ocho días, pero todos al fin llevaban el bigote francés, muy distinto, el orgulloso bigote, que parecía estar diciendo: "No me confundas con mi vecino barbudo, pequeña, soy de los tuyos". Y lloré, ¡oh!, lloré mucho más que si no los hubiese reconocido de esta manera, a esos pobres muertos.
Hice mal en contarte esto. Ahora estoy triste y me siento incapaz de charlar por más tiempo.
Venga, adiós, querida Lucía. Te envío un abrazo con toda mi alma. ¡Viva el bigote!
Jeanne.

Tuesday, April 3, 2012

ESOPO. FÁBULAS.




(S.VI a.C.) Fabulista griego. Pocos datos existen sobre la biografía de Esopo, y ya en la época clásica su figura real se vio rodeada de elementos legendarios.


06 - El águila y los gallos.



Dos gallos reñían por la preferencia de las gallinas;
y al fin uno puso en fuga al otro.

Resignadamente se retiró el vencido a un matorral,
ocultándose allí. En cambio el vencedor orgulloso se subió a una tapia alta dándose a cantar con gran estruendo.

Mas no tardó un águila en caerle y raptarlo. Desde entonces el gallo que había perdido la riña se quedó con todo el gallinero.


A quien hace alarde de sus propios éxitos, no tarda en aparecerle quien se los arrebate.



07 - Las zorras a orillas del río Meandro.



Se reunieron un día las zorras a orillas del río Meandro con el fin de calmar su sed; pero el río estaba muy turbulento, y aunque se estimulaban unas a otras, ninguna se atrevía a ingresar al río de primera.

Al fin una de ellas habló, y queriendo humillar a las demás, se burlaba de su cobardía presumiendo ser ella la más valiente. Así que saltó al agua atrevida e imprudentemente. Pero la fuerte corriente la arrastró al centro del río, y las compañeras, siguiéndola desde la orilla le gritaban:

- ¡ No nos dejes compañera, vuelve y dinos cómo
podremos beber agua sin peligro!

Pero la imprudente, arrastrada sin remedio alguno,
y tratando de ocultar su cercana muerte, contestó:

- Ahora llevo un mensaje para Mileto; cuando vuelva les enseñaré cómo pueden hacerlo.


Por lo general, los fanfarrones siempre están al alcance del peligro.


08 - La zorra a la que se le llenó su vientre.



Una zorra hambrienta encontró en el tronco de una encina unos pedazos de carne y de pan que unos pastores habían dejado escondidos en una cavidad. Y entrando en dicha cavidad, se los comió todos.

Pero tanto comió y se le agrandó tanto el vientre que no pudo salir. Empezó a gemir y a lamentarse del problema en que había caído.

Por casualidad pasó por allí otra zorra, y oyendo sus quejidos se le acercó y le preguntó que le ocurría. Cuando se enteró de lo acaecido, le dijo:

-¡ Pues quédate tranquila hermana hasta que vuelvas
a tener la forma en que estabas, entonces de seguro
podrás salir fácilmente sin problema!


Con paciencia se resuelven muchas dificultades.


09 - La zorra y el espino



Una zorra saltaba sobre unos montículos, y estuvo de
pronto a punto de caerse. Y para evitar la caída,
se agarró a un espino, pero sus púas le hirieron
las patas, y sintiendo el dolor que ellas le producían,
le dijo al espino

-- ¡ Acudí a ti por tu ayuda, y más bien me has herido. !

A lo que respondió el espino:

-- ¡Tú tienes la culpa, amiga, por agarrarte a mí, bien sabes lo bueno que soy para enganchar y herir a todo el mundo, y tú no eres la excepción!


Nunca pidas ayuda a quien acostumbra a hacer el daño.


10 - La zorra y el leñador.



Una zorra estaba siendo perseguida por unos cazadores cuando llegó al sitio de un leñador y le suplicó que la escondiera. El hombre le aconsejó que ingresara a su cabaña.
Casi de inmediato llegaron los cazadores, y le preguntaron al leñador si había visto a la zorra.
El leñador, con la voz les dijo que no, pero con su mano disimuladamente señalaba la cabaña donde se había escondido.
Los cazadores no comprendieron las señas de la mano y se confiaron únicamente en lo dicho con la palabra.
La zorra al verlos marcharse, salió silenciosa, sin decirle
nada al leñador.

Le reprochó el leñador por qué a pesar de haberla salvado, no le daba las gracias, a lo que la zorra respondió:
--Te hubiera dado las gracias si tus manos y tu boca
hubieran dicho lo mismo.


No niegues con tus actos, lo que pregonas con tus palabras.

Monday, April 2, 2012

DE LOS CAFÉS LITERARIOS A LAS REDES SOCIALES.



Hoy por hoy siento y no siento nostalgia por los "desaparecidos" cafés literarios en el ámbito universitario y algunos centros de la capital. ¿La razón? Las redes sociales han ocupado ese espacio y  lo han ocupado con creces. Es cierto, que ya no se puede oler el café del vecino de al lado en la tertulia de las 4 pm, ni estar envuelto en un humo constante de los cigarros que nos fumábamos, ni escuchar como una música de fondo a los demás comensales pero, es innegable que la inmediatez de las redes sociales han encontrado un campo fértil para los escritores y los amantes de la LITERATURA.  
¿Razones? Muchos escritores o amigos literarios por múltiples ocupaciones no pueden sentarse con nosotros a platicar sobre la LITERATURA pero, con las Redes Sociales lo hacen a distancia. 
También es innegable que las Redes Sociales han hecho un  acercamiento posible de generaciones nuevas y viejas de escritores que se dá con la red. Antes lo anterior era imposible.
Y esa interacción necesaria hace que nuestra literatura sea más viva, más lúcida.  El intercambio de información de noticias literarias actualmente nos enriquece a todos.
Lo acepto: la nostalgia del pasado por momentos me abruma - digo por momentos- porque si no fuera por las redes sociales la vida de muchos escritores- y me incluyo- fuera más lineal, monocromática y sin discusiones como las que enfrentamos en ocasiones en la Red. Además, así es la vida: un continuo cambio, un renovar constante, nada está quieto, todo gira en la realidad, la literatura también.
Es por tal razón que  deseo compartir este artículo que me encontré en la red. Es un artículo sobre los cafés literarios ya hoy prácticamente desaparecidos. Es un artículo interesante, ojalá que lo disfruten como lo he disfrutado yo.
J.Méndez-Limbrick.

Literatura y decadencia del café

Los establecimientos que antaño albergaban tertulias literarias y artísticas se han visto sustituidos por bares donde lo que interesa son transeúntes desleídos que ocupen el menor tiempo posible las mesas

 03:43  
El Café de Flore, de París, que se inauguró a finales del siglo XIX. / la opinión
El Café de Flore, de París, que se inauguró a finales del siglo XIX. / la opinión 

George Steiner escribió en su obra 'La idea de Europa' que "Europa está hecha de cafés. Dibujad un mapa de los cafés y tendréis uno de los indicadores esenciales de lo que es Europa. La idea de Europa tendrá contenido mientras haya cafés". Estos locales donde se cultivó la mejor literatura en los siglos pasados han languidecido con el paso del tiempo y finalmente han ido desapareciendo, víctimas de la aceleración de la vida moderna. Los cafés de hoy solo quieren transeúntes desleídos y ambulantes, aves de paso: ya no hay tiempo para hacer estancia en el local y se han impuesto esos bares con una larguísima barra donde pasar el menos tiempo posible

MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ | A CORUÑA El café ha sido uno de los temas más fértiles que ha tenido la literatura moderna. De la relación del café con la ciudad, con la bohemia y, por supuesto, con la literatura, se podrían escribir cientos de páginas y el asunto no se agotaría. Si me perdonan la redundancia, diría que no pocas páginas sobre el café, se han escrito en el café tomándose el escritor una taza de café. La homofonía no debería confundirnos porque se trata de tres cafés absolutamente distintos. El arranque de la saga cafetera estuvo naturalmente en el brebaje, en la negra infusión oriental que se extendió por todo nuestro continente a lo largo del siglo XVII, pero aquel café-infusión -y esto es lo que aquí nos importa- dio luego paso a todo el fantástico universo del café-lugar que, haciéndose cultura y civilidad, nos deja después magníficas páginas en ensayos, poesías y novelas.

El viejo café ha sido un magnífico paisaje literario, posiblemente por su inequívoca condición metafórica. El café era un lugar de sedimentación. Y como un espejo que reproducía -en ocasiones distorsionado, pero se contaba con ello- todo lo que sucedía de puertas afuera.

El pago de una modesta consumición legitima la ocupación de una mesa que casi siempre será la misma y que así deviene despacho precario pero propio o, más precisamente, apropiado, estimulante, un lugar que a determinadas horas puede ser luminoso, tranquilo y caldeado. También es cierto que para escribir en el café es imprescindible mantener una cierta complicidad con el dueño del local, para que no nos desalojen por la permanente ocupación de la mesa como hace doña Rosa en La Colmena celiana, novela que tiene su epicentro en el café. Autores como Pla, Sender, Baroja, Larra, Umbral, Benet, Camba, Cunqueiro, Ridruejo, Delibes, Perucho, Gil de Biedma y Gómez de la Serna, entre muchos otros, han confesado su inveterada costumbre de apalancarse en un café para escribir. Y también lo hicieron personajes más sesudos como Roland Barthes, Zweig, Walter Benjamin, Habermas o George Steiner. La relación sería interminable.

El viejo café era de los pocos sitios en los que se podía estar a solas y, sin embargo, sentirse acompañado. Era un lugar privativo y compartido, un ámbito intersticial entre lo público y lo privado. El café era un escenario de rituales y tipologías humanas, en el que cada parroquiano interpretaba su papel que, aunque no tenía guión, era absolutamente predecible en sus apariciones, en sus gestos, en lo que decía y dejaba de decir. En el viejo café todos o casi todos se conocían, circunstancia que creaba una cálida familiaridad y camaradería. Y el café era, también, un mundo de continuas paradojas: en el café pasaba de todo, pero, por otra parte, nunca pasaba nada. En el café todo cambiaba para seguir igual. Estaba siempre en movimiento y, sin embargo, daba la impresión de una absoluta calma. Los rostros cambiaban según las horas, pero se mantenían los corrillos alrededor de las mismas mesas y persistía una base fija de parroquianos que eran como el común denominador, el nexo que daba continuidad y ligadura a una pluralidad siempre necesaria, porque nada era peor que el café endogámico y exclusivo, el casino de una sola tribu. El viejo café era, en fin, como un puerto de mar: mientras unos llegaban, otros se iban.

Aquel viejo café, sin embargo, a pesar de sus méritos, fue languideciendo y finalmente desapareció, víctima de la aceleración que nos ha impuesto la vida de hoy. El café sufrió las mismas transformaciones que la ciudad de la que era parte sustantiva. A partir de la segunda mitad del siglo XX, el café degeneró en bar y cafetería. Walter Benjamin, asiduo del café Prinzess de Berlín, donde escribió buena parte del Origen del drama del barroco alemán, comenta que su trabajo se vio abortado cuando el Prinzess se convirtió en una cervecería-restaurante. Confiesa que vivió aquel cambio como un desahucio. En toda Europa, el café se fue convirtiendo en algo meramente atópico y epilogal, en un ámbito anacrónico. El café quedó demodé. Resulta curioso, sin embargo, que aunque el viejo café no ha encontrado sustitución, a los lugares en los que chateamos les llamamos cibercafés y reproducen virtualmente la función socializadora del viejo café. También hemos intentado reproducir la atmósfera del viejo café o rehabilitar los que quedaban en pie -el Florián en Venecia, el Central en Viena o el Zúrich en Barcelona-, pero sólo hemos conseguido una penosa museización, una fetichización caricaturesca, un escenario para turistas. Burdas copias. Cafés sin alma porque les falta lo esencial, la atmósfera que creaban sus parroquianos, los asiduos personajes del café. Y nada es ya lo mismo. Los cafés de hoy sólo quieren transeúntes desleídos y ambulantes, aves de paso. Hoy no tenemos tiempo para hacer estancia en el café y ésta es la razón de que se haya impuesto ese bar tubular que apenas tiene mesas y en los que todo se reduce a una larguísima barra con taburetes para que la incomodidad nos haga levantar las posaderas. Tampoco se trata de lamentar la desaparición del viejo café que, por lo que decimos, resulta inviable. Al fin y al cabo, es algo que ya predijo Gómez de la Serna con su tajante afirmación: "Los cafés son humanos, demasiado humanos, así que mueren porque son mortales".