Monday, September 23, 2013

CORAL BRACHO. PREMIO XAVIER VILLAURRUTIA 2003. POESIA.


Nota: Bracho, es uno de mis poetas preferidos. Desde que la leí hace tres décadas siempre me recuerdo de su verso enigmático y erótico. Bracho es una mujer con una sensibilidad y exquisitez en las imágenes poco común. Justo reconocimiento de este premio para una gran escritora.
 

CORAL BRACHO: HACIA UNA POÉTICA

DEL SER

(CORAL BRACHO: TOWARDS A POETICS

OF BEING)

GLORIA VERGARA*

Abstract: In this article we review the work of Coral Bracho1 as a poetics

of being. Inserting into the Mexican tradition, the poet constructs the way

of interiority. Everything happens at the moment: life and death. And in

that full time, people are around and within the Being, they are part of the

dynamism of the universe. Being dreams, hopes, struggles, convulses, and

finally reaches the elasticity of time to join the other, the beloved one. But

the Being is diffused in the sperm of time and has the mark of that "Being-

going-to-die". In this "oracle" the erotic and the divine join; the body is

the temple, the night, the space of delirium. The body is also the seed and

core, the humus, the edge and halo. It mixes the impulses of life and death,

overlooking the archetypes of time.

Keywords: Coral Bracho, poetics, being, time, interiority.

* Gloria Vergara is Ph.D. Professor, University of Colima, Mexico. E-mail:

glvergara@ucol.mx

1 Coral Bracho nació el 22 de mayo 1951, en la Ciudad de México. Estudió Lengua y

literatura hispánica en la Universidad Nacional Autónoma de México, en donde es

profesora. Colaboró en el Diccionario del español de México y en el consejo de

redacción de la revista La Mesa Llena. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores

de Arte. Ha publicado: Peces de piel fugaz (1977), El ser que va a morir (1982),

Tierra de entraña ardiente (1992, con la pintora Irma Palacios), La voluntad del

ámbar (1998), Ese espacio, ese jardín (2003), Cuarto de hotel (2007), y los libros

para niños: Jardín del mar (1993), Los amigos primero (1994), con Christine

McDonnell y Marcelo Uribe, A dónde fue el ciempiés (2007), y las recopilaciones de

sus poemas: Bajo el destello líquido (1988), y Huellas de luz (1994 y 2006). Ha

traducido Rizoma, de Gilles Deleuze y Félix Guattari, y Apuntes angloafricanos, de

Doris Lessing. En 1981 obtuvo el premio Aguascalientes por su poemario El ser que

va a morir. En el 2000 fue becaria de la Fundación John Simon Guggenheim y en el

2003 le otorgaron el Premio Xavier Villaurrutia por Ese espacio, ese jardín. En

2007 obtuvo el reconocimiento del Programa de Aliento a la Obra Literaria de la

Fundación para las Letras Mexicanas. Sus libros han sido publicados en varios países

y traducidos al inglés, portugués y francés.

AGATHOS: An International Review of the Humanities and Social Sciences 105

Porque todos circulan en sus aspas, porque

nadie se acerca

porque el borde es la fuerza del abismo que absorbe.

Peces de piel fugaz

Coral Bracho es heredera de una tradición poética de tono

existencialista que se puede definir desde Xavier Villaurrutia a Jaime

Sabines. No es la pregunta por el ser, sino lo sensible del ser lo que se

manifiesta en esta vertiente de la poesía mexicana. La imagen, en este

sentido, es un asidero, un refractario contenedor de los impulsos

primarios de la vida. ¿Cómo no pensar, en esta carrera contra el

tiempo, en los nocturnos de Nostalgia de la muerte; en las imágenes

concatenadas de "Nocturno de la estatua", en donde Villaurrutia nos

entrega la más alta nota de su búsqueda? ¿Cómo dejar a un lado

"Horal", de Jaime Sabines, si en su brevedad destila el dinamismo de

la existencia? Es éste un camino bien marcado en la poesía mexicana

del siglo XX. Pero además, Bracho emprende la búsqueda de la

interioridad, a la manera de Dolores Castro, igual que otras poetas

nacidas en los cincuenta, como Pura López Colomé, Blanca Luz

Pulido y Miriam Moscona. Comparte con ellas el asombro ante los

objetos que pueblan el universo, ante la imagen de Dios.

Además de la consabida carga de erotismo, con la que se ha

reconocido la obra de Coral Bracho, es palpable la construcción de una

poética del ser que contiene el dinamismo dialéctico de la vida y de la

muerte. En el eterno transcurrir, la vida ocurre como inmanencia. El

instante lleno, eso que podemos llamar in actu, es la estrategia

metafórica que sigue Coral Bracho para contemplar al ser. Las ruinas,

la noche, el sueño son elementos que determinan sus imágenes.

En Peces de piel fugaz la poeta ubica la certeza del instante a

partir de la mosca que "abruma con suaves toques la delgada corteza

del espacio"2. Pero así como la mosca, el fuego aparece incisivo:

"entra, como salta la hiena /a la carne silbante de los sauces" (Ibidem).

El tiempo necesita de los objetos para hacerse palpable; lo demuestran

el vuelo de la mosca y el fuego. En esta relación, todos los seres entran

en la ronda del tiempo, son tocados por su dinamismo, todos circulan

en sus aspas y participan de su fuerza hasta determinarlo. Así, Bracho

construye su poética y ubica cuatro zonas en las que se mueve el ser: el

núcleo, el humus, el borde y el halo.

2 Coral Bracho (1988). Peces de piel fugaz, en Bajo el destello líquido. (Poesía 1977-

1981). México: FCE, Letras mexicanas, p.24.

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El núcleo traga, devora, es "cavidad imantada que transforma"

(Ibidem). El humus es lo que rodea al ser en su temporalidad; la poeta

le da textura: esta zona es lisa, viscosa, tiene la necesaria destilación

del tiempo para que el ser se dé en el mundo; es "zona de caudal

inconsciente, el área más próxima al núcleo" (Ibidem, 26). El borde

"es el perfil externo de la esfera" (Ibidem), lo que se alcanza, al

percibir la temporalidad del ser. Por ello el borde constituye las

protuberancias, los momentos más álgidos en los que el ser se debate.

"Los fragmentos que la conforman se expanden indefinidamente y

crean a veces espacios muy diluidos de intensa claridad acústica y

lumínica" (Ibidem, 25). Luego, en una nota, la poeta aclara: "El paso

de los seres al núcleo es más sorpresivo y brusco desde las áreas de

conciencia difusa" (Ibidem). Por último, la poeta ubica como zona

temporal al halo: "Es una superficie blanda, compacta, que gira en

posición anular respecto al borde" (Ibidem). El halo es representado

como el giro constante del ser, como las aspas en las que el ser debate,

la convulsión de sus actos, la habilidad elástica del tiempo.

Estas zonas representan la manifestación del ser que aspira,

que sueña, que se debate. Con ello Bracho iguala en circunstancias el

origen de la vida y de la muerte. El ámbito es igualmente difuso y las

señales que emiten esos momentos son las protuberancias; es decir, los

bordes que finalmente determinan al ser. Porque desde la primera

manifestación de vida, aun emergiendo del esperma, el ser está

marcado como "el ser que va a morir". Así manifiesta su trascendencia

en los peces de mármol, pétreos, de vidrio que, sin embargo juegan, se

deslizan; peces que nos recuerdan a Sabines con el poema "En los ojos

abiertos de los muertos" o a Villaurrutia con "Nocturno en que nada se

oye".

En este "suave oráculo espeso" se determinan también el halo

erótico y el halo divino. Estos contrarrestan los abismos del olvido y de

la muerte. Configuran asimismo las raíces abiertas y penetrables del

cuerpo que se erige para alcanzar al otro, al amado. Pero el cuerpo

también aspira a lo divino, porque las protuberancias del ser no se dan

sin la presencia del humus, de los sueños más profundos que arrastran

lo inesperado al núcleo del ser que busca, a tientas, ciego, en abandono

pero espera siempre, como bien lo podría dibujar Sabines.

El poema "En esta oscura mezquita tibia", de Peces de piel

fugaz, contiene un paralelismo entre el halo erótico y el halo divino. El

cuerpo del amado y el espacio de una mezquita ocupan la misma

imagen. La voz lírica engarza cada elemento del espacio con los

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muslos, con el olor suavísimo del amado: "Sé de tu cuerpo. Los

arrecifes, / las desbandadas, / la luz inquieta y deseable" (Ibidem, 39).

El conocimiento del cuerpo es el conocimiento de la mezquita tibia con

sus huertos agrios, sus fuentes, sus patios. Luego las columnas, los

talles, los arcos, se funden con la imagen del amado como si el canto

proviniera del Cantar de los cantares.

El cuerpo es la naturaleza misma en alegoría, como ocurre en

Piedra de sol de Octavio Paz: "(En tu vientre la luz cava un follaje

espeso que difiere las costas, que revierte en sus aguas)". El cuerpo es

contenedor de todo lo creado: "(En tus ojos el mar es un destello

abrupto que retiene su cauce)" (Ibidem, 40). La mezquita del cuerpo

tiene los extremos: el desierto y el mar; lo líquido y lo sólido. Luego

aparece el crepúsculo, "el viento crece, tiñe, se revuelve, se / expande

en la arena ardiente" (Ibidem, 41). Así, la luz recorre el cuerpo y es

como si el cuerpo estuviera dando cuenta del día: aparecen las

sombras, la noche. Y en ese ámbito, todo se quema, arde: "toda la

noche inserta bajo ese nítido crepitar)" (Ibidem). Lo que queda son

"rastros secos, engastados; Estaño / en las comisuras; sobre tus flancos:

Liquen y salitre en las / yemas. / De entre tus dedos resinosos"

(Ibidem, 42). Como los peces, llega la "noche arriba", la voz se

desliza, se une al recuerdo. Todo viene como "una oscura tajada". La

noche es el espacio del delirio, del recuerdo, de la presencia tibia del

otro. La imagen del cuerpo contempla por sí sola las cuatro zonas

enunciadas por Bracho; se puede ver como el núcleo dentro la

concepción del universo a la que nos encamina la voz lírica.

Pero si todo lo que rodea al ser se ubica en una atmósfera

confusa, de sombras y de noche; si desde allí el ser se debate entre la

vida y la muerte; Bracho no deja a la deriva la zona del núcleo en la

que se origina el principio de Eros. "La semilla es el cuerpo del placer"

(Ibidem, 43), enuncia la poeta. Ese centro minúsculo contiene todo,

apunta a todo lo que en derredor existe. La semilla indica el núcleo,

pero también el movimiento íntimo. La semilla equivale al corazón que

le da movimiento al cuerpo3, pues el cuerpo del placer es "su firmeza

rugosa". La semilla es el motor del deseo, incita al cuerpo "a que la

recorra, a que la cubra con / minucia"4. Luego, entre la semilla y el

cuerpo, Bracho marca el dinamismo: "Se presionan, se buscan, con

3 Resulta muy cercana la visión de Coral Bracho con la que Pura López Colomé

propone en su poemario Aurora.

4 Coral Bracho (1988). Peces de piel fugaz, op.cit., p.43.

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delicada lentitud" (Ibidem). En ese tocarse, aparece una gaviota, el

vuelo como símbolo de movimiento, pero también de realización del

ser. Entonces surge "el primer resplandor del agua", un jardín. Bracho

está muy cerca de Pura López Colomé al representar ese mundo

interior, la espiritualidad del ser. Comparte también con Blanca Luz

Pulido este espacio; sólo que Bracho lleva la imagen poética al punto

de la sensualidad y el erotismo en donde dialoga con Moscona. Esto

define a las poetas nacidas en los cincuenta: la demostración de un

mundo en el que el cuerpo es contenedor del universo; referencia del

origen; y con ello muestran lo más íntimo del ser: su erotismo.

Espiritualidad, sensualidad, en combinación con los elementos

cósmicos.

El mundo de Bracho es predominantemente sólido; pero sólo se

llega a ese estado si recorre el agua, la humedad, el musgo, el barro y

finalmente la resina, la piedra. Es como si el ser se petrificara,

adquiriera cuerpo cuando la semilla empieza a funcionar como núcleo.

¿Qué filosofía, qué manera de ver el mundo nos muestran poetas como

Bracho? El ámbito del placer se extiende a toda manifestación de vida.

Bracho utiliza el sentido del gusto, por ello las frutas ocupan este

imaginario: Pero antes de las frutas aparecen las flores, las amapolas,

los pájaros y el cazador; sin embargo se delinea ya el gusto: "La

amplitud es el ámbito del placer en el auge de lo henchido y jugoso"

(Ibidem, 44). Los sentidos juegan un papel importante en la

determinación de lo erótico. El olor del mango, la guanábana. Así, el

ámbito del placer "es la ebriedad sedosa en su velamen encendido /

como un tamiz a la guanábana entreabierta; como un vitral a su

blancura deleitable y sutil" (Ibidem, 46). Con un guiño al poema

número 13 de Espantapájaros, de Oliverio Girondo, Bracho ubica el

ámbito del placer de las frutas en equidistante diálogo con el placer del

cuerpo: "Se van rodeando, van degustando los recodos, se van /

fundiendo, / van abordando el linde, // se van cediendo, / van

saboreando en los recodos, se van abriendo, / se van hundiendo, van

abordando / El vínculo, el placer en el roce; // su leve movimiento"

(Ibidem). Pero el ámbito del placer está definido por la noche y la

semilla. Luego, en el poema "Abre sus cienos índigos al contacto",

Bracho nos muestra la embriaguez de la relación sexual: "De tu boca,

de tus ojos ahondados bebo, de tu vientre, en tus flancos; / entre mis

manos arden se humedecen" (Ibidem, 47). El roce de los cuerpos

genera el ámbito del placer: "Busco integrar tu sexo (lava que se

repliega, costa, para / envolverlo, lago adensado el ritmo" (Ibidem, 48).

AGATHOS: An International Review of the Humanities and Social Sciences 109

La luz es el toque mágico para que todo inicie, como ocurre en

el poemario Aurora, de Pura López Colomé. Entonces el mundo se

convierte en templo, la vida en rito: "—somos transparentados,

engastados, vertidos por ese espacio" (Ibidem, 53). La plaza cobra

vida, se vuelve líquida; pero llega la noche y con ella la vida espesa se

hace piedra, linde cobrizo, medular. En ese instante arquetípico,

petrificado, es donde Bracho ubica al ser con mayor incidencia tanto

en Peces de piel fugaz como en La voluntad del ámbar. Las plantas, la

tierra, los animales se abren a la noche inmensa, a los "signos de la

obsidiana, del pedernal, / de la roca pulida, acerada por agua" (Ibidem,

55). Todo se resuelve en el "instante granuloso", en el tránsito del

tiempo; el tiempo como espejo, contorno rectangular, objeto rampante

en que el día se desliza: "eco entre las formas sin junturas" (Ibidem),

eso es el tiempo que les da forma y borrosidad a los objetos; los vuelve

líquidos y pétreos, les da volumen: "Vitrales en lo sucinto; volumen,

dispersión vectorial en los / aspectos que delinean" ( Ibidem, 56).

Como en Ese espacio, ese jardín, Coral Bracho apuntala en el

conjunto de su obra poética, los arquetipos del tiempo a partir del

camino y del espejo. En ese juego de luz y opacidad nos envuelve el

tiempo como ramal finísimo, como cauce cambiante. La ciudad

entonces se vuelve espectadora de lo que nace y muere: "—En sus ojos

pulidos, inmutables, detiene / la añoranza de lo que ve morir, / de lo

que fluye ante ese tiempo cortado" (Ibidem, 58). La ciudad alcanza la

personificación más alta: mira, tiene voz, tiene movimientos escuetos y

graves, "sus ojos cortan el espacio que callan", "acalla las distancias

con vaho, con brillos, con / bálsamos ahumantes; / ciudad que ofusca,

que ensombrece como un aroma" (Ibidem, 59, 60) y en ella todo lo

engarzado, la vida como pulpa que se aferra. La ciudad arde, se

enciende en el umbral de la noche. Todo ocurre en el instante cíclico.

Lo muerto se revela en hacinante lentitud, las sombras llegan como

variantes del arquetipo; los perros son la manifestación más lapidaria

de la vida; la luz deslinda, deja ver los hilos líquidos de los objetos. De

esta manera, la poeta entabla un diálogo con las imágenes de Cuarto de

hotel, en donde manifiesta entre un juego de luz y sombras, las

borrosidades del ser, el encuentro y confusión con los otros, lo

simultáneo, el humus y el halo que lo rodean.

El poema "Tiempo reflejante" de Peces de piel fugaz inicia con

un epígrafe de Nietzsche sobre la imposibilidad del hombre de

conocerse a sí mismo. "¿No le oculta la naturaleza la mayor parte de

las cosas, incluso las relativas a su cuerpo, con el fin de desterrarlo y

110 AGATHOS: An International Review of the Humanities and Social Sciences

encerrarlo en una conciencia altiva y quimérica?" (Ibidem, 66). En esta

lucha por el conocimiento propio, viendo al hombre como origen y

punto de partida, como eco del mundo, como origen del mundo,

Bracho ubica al ser. Podríamos decir también que es una concepción

existencialista a la manera de Sartre la que nos deja cuando afirma: "Y

mientras buscan la oscuridad una membrana se / extiende por sus

miembros, que se van achicando" (Ibidem).

Como si estuviéramos frente a una diapositiva, Bracho pone

entre corchetes la descripción del humano, su origen. Las algas, el

agua, los humores espesos, las sombras, las costas opresivas parecen

marcar el vientre como el espacio en donde el ser se mueve; el vientre

es entonces el "estanque discontinuo" del mundo. El vientre es como el

mar, como el entorno en el que se mueven los seres.

En el momento del parto, el feto aparece en trance entre las

sombras del vientre y las sombras del mundo. La mujer separa lo vivo

de lo muerto y el nuevo ser descansa en un lecho suave y vidrioso. Este

ámbito lo reafirma en el poema con el que abre la tercera parte del

poemario Peces de piel fugaz. Allí el agua es el símbolo esencial: agua

de medusas, láctea, de bordes lúbricos, agua matricial, sinuosa, "agua

sedosa de involición, de laguidez / en densidades plácidas. Agua,

agua" (Ibidem, 78). Según Bachelard sería agua dulce, del vientre

materno; pero Bracho rompe con la imagen cósmica bachelariana y la

ubica en paralelismo con el mar: es un agua tormentosa, angustiante,

de lucha desde su origen.

El ser es temporal y se resuelve en múltiples vertientes que

atienden las cuatro zonas enunciadas arriba: núcleo, humus, borde y

halo. Por un lado Bracho muestra los arquetipos de la inmanencia, la

representación del instante como el momento justo en que la abeja toca

el agua, la mosca urde el espacio, el fuego enviste o se determina el

feto en el vientre materno. Desde la semilla en el esperma o el corazón

del hombre, Bracho hace palpable el desplazamiento del placer en el

que se confunden ¿o se mezclan? los impulsos primarios de la vida y

de la muerte. Porque el humus del ser es como el humus del río, como

el sedimento que va dejando a su paso. Aunque los arquetipos del

tiempo como el camino, den paso a la puerta, la ventana, el dintel, el

umbral; el ser, como el río, nunca se detiene. Entre sus bordes y el halo

al que aspira, el ser es torbellino, una especie de espiral que quiere

llegar a la eternidad, y queda, sin embargo, enmarcado en una visión

AGATHOS: An International Review of the Humanities and Social Sciences 111

agustiniana: "Lo que no es comienza a ser con vehemencia/ […] "bajo

ese tiempo sin huellas […] lo que es/ ya no es"5.

References:

Bracho, Coral (1988). Bajo el destello líquido. (Poesía 1977-1981). México: FCE,

Letras mexicanas.

Bracho, Coral (2007). Cuarto de hotel. México: Era/Gobierno del estado de San Luis

Potosí.

Bracho, Coral (1998). La voluntad del ámbar. México: Era.

Bracho, Coral (1981). El ser que va a morir. México: Joaquín Mortiz.

Bracho, Coral (2003). Ese espacio, ese jardín. México: Era.

Bracho, Coral (1977). Peces de piel fugaz. México: Ediciones la máquina de escribir.

Gordon, Samuel (2004). Poéticas mexicanas del siglo XX. México: Eón / UIA.

Vergara, Gloria (2007). Identidad y memoria en las poetas mexicanas del siglo XX.

México: Universidad Iberoamericana.

Vergara, Gloria (2007). "Los arquetipos del tiempo: visión y revelación en las poetas

mexicanas nacidas en los años cincuenta", en Gloria Vergara (coordinadora),

Acercamientos críticos a la literatura mexicana. México: Praxis / Universidad de

Colima, 41-58.

5 Coral Bracho (1998). La voluntad del ámbar. México: Era, p.56.




 

 

 

 
Coral Bracho



Poemas

De sus ojos ornados de arenas vítreas


Desde la exhalación de estos peces de mármol;

desde la suavidad sedosa

de sus cantos,

de sus ojos ornados

de arenas vítreas,

la quietud de los templos y los jardines

(en sus sombras de acanto, en las piedras

que tocan y reblandecen)

han abierto sus lechos,

han fundado sus cauces

bajo las hojas tibias de los almendros.

Dicen del tacto

de sus destellos,

de los juegos tranquilos que deslizan al borde,

a la orilla lenta de los ocasos.

De sus labios de hielo.

Ojos de piedras finas.

De la espuma que arrojan, del aroma que vierten

(En los atrios: las velas, los amarantos.)

sobre el ara lebísima de las siembras.

(Desde el templo:

el perfume de las espigas,

las escamas,

los ciervos. Dicen de sus reflejos.)

En las noches,

el mármol frágil de su silencio,

el preciado tatuaje, los trazos limpios

(han ahogado la luz

a la orilla; en la arena)

sobre la imagen tersa,

sobre la ofrenda inmóvil

de las praderas.

Coral Bracho



Poemas

Oigo tu cuerpo


Oigo tu cuerpo con la avidez abrevada y tranquila de quien se impregna (de quien emerge, de quien se extiende saturado, recorrido de esperma) en la humedad cifrada (suave oráculo espeso; templo) en los limos, embalses tibios, deltas, de su origen; bebo (tus raíces abiertas y penetrables; en tus costas lascivas -cieno brillante- landas) los designios musgosos, tus savias densas (parvas de lianas ebrias) Huelo en tus bordes profundos, expectantes, las brasas, en tus selvas untuosas, las vertientes. Oigo (tu semen táctil) los veneros, las larvas; (ábside fértil) Toco en tus ciénegas vivas, en tus lamas: los rastros en tu fragua envolvente; los indicios (Abro a tus muslos ungidos, rezumantes; escanciados de luz) Oigo en tus légamos agrios, a tu orilla: los palpos, los augurios -siglas inmersas; blastos-. En tus atrios: las huellas vítreas, las libaciones (glebas fecundas), los hervideros.

Coral Bracho Poemas

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