Saturday, March 23, 2013

Francisco de Quevedo (1580-1645). EL BUSCÓN.



RESEÑA: 
El Buscón.
En quevedo el humor es un arma, un arma agresiva. Y probablemente en ningún punto alcanza tal agresividad como en El Buscón: uno se puede reir a mandíbula batiente...pero incluso cuando nos estamos riendo, Quevedo no permite que nos olvidemos que la risa es el envoltorio con el que nos esta haciendo tragar una dosis no despreciable de ácido. Como esas pastillas envueltas en excipientes de color brillante y sabor a limón. Quevedo siempre se sintió de corazón miembro de una una caballería espiritual de los más elevados y puros ideales... y se sentía tal en un mundo en el que esos ideales morían victimas de un mundo distinto en el que el dinero (don Dinero, dirá, Quevedo) se estaba convirtiendo en el señor y el Dios. 

Por eso, por que el ideal caballeresco medieval se fundía en las tiendas de los nuevos burgueses, de los nuevos amos. Sufría por eso y por que su cuerpo no era el de los viejos héroes  el de los antiguos amantes dispuestos a morir por su amada... Era como si con su cuerpo contrahecho hubiese sido ridículo morir de amor... eso nunca lo perdono. 

Habia mucho ácido y mucho resentimiento en Quevedo. Y el motivo quizás estaba en que no se atrevía a vivir como el Quijote...Y era que no podía vivir como los viejos caballeros. 

Pues bien, todo ese acido lo vertió Quevedo en su Buscón, una especie de Quijote sin dama y sin valores... o de burgués con mala suerte en bolsa.
Fuente NN.



Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños.
Francisco de Quevedo
(1580-1645)

Libro Primero.

Capítulo I:En que cuenta quién es el Buscón.
Yo, señora, soy de Segovia; mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del
mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero,
aunque eran tan altos sus pensamientos que se corría de que le llamasen así,
diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy
buena cepa, y según él bebía es cosa para creer.
Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta
de Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja,
aun viéndola con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus
pasados, quiso esforzar que era decendiente de la gloria. Tuvo muy buen parecer
para letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos enemigos, porque hasta los
tres del alma no los tuvo por tales; persona de valor y conocida por quien era.
Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas
lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de
oros. Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con
el agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les
sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras. Murió el angelico de unos
azotes que le dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por ser tal querobaba a
todos las voluntades.
Por estas y otras niñerías estuvo preso, y rigores de justicia, de que hombre
no se puede defender, le sacaron por las calles. En lo que toca de medio abajo
tratáronle aquellos señores regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de buen
paso, con mesura y buen día. Mas de medio arriba, etcétera, que no hay más que
decir para quien sabe lo que hace un pintor de suela en unas costillas. Diéronle
docientos escogidos, que de allí a seis años se le contaban por encima de la ropilla.
Más se movía el que se los daba que él, cosa que pareció muy bien; divirtióse algo
con las alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo
colorado.
Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades! Un día, alabándomela una vieja que
me crió, decía que era tal su agrado que hechizaba a cuantos la trataban. Y decía,
no sin sentimiento: -En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos amanecidos
y otros puestos, y los más en un día mismo amanecidos y puestos. Hubo fama que
reedificaba doncellas, resuscitaba cabellos encubriendo canas, empreñaba piernas
con pantorrillas postizas. Y con no tratarla nadie que se le cubriese pelo, solas las
calvas se la cubría, porque hacía cabelleras; poblaba quijadas con dientes; al fin
vivía de adornar hombres y era remendona de cuerpos. Unos la llamaban zurcidora
de gustos, otros, algebrista de voluntades desconcertadas; otros, juntona; cuál la
llamaba enflautadora de miembros y cuál tejedora de carnes y por mal nombre
alcagüeta. Para unos era tercera, primera para otros y flux para los dineros de todos.
Ver, pues, con la cara de risa que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a
Dios.
No me detendré en decir la penitencia que hacía. Tenía su aposento – donde
solo ella entraba y algunas veces yo, que, como era chico, podía- todo rodeado de
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calaveras que ella decía eran para memorias de la muerte, y otros, por vituperarla,
que para voluntades de la vida. Su cama estaba armadas sobre sogas de ahorcado,
y decíame a mí:
- ¿Qué piensas? Estas tengo por reliquias, porque los más de estos se
salvan.
Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de imitar en el
oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde chiquito, nunca
me apliqué a uno ni a otro. Decíame mi padre:
-Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino liberal.
Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de manos:
-Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y
jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras
nos cuelgan..., no lo puedo decir sin lágrimas (lloraba como un niño el buen viejo,
acordándose de las que le habían batanado las costillas). Porque no querrían que
donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros. Mas de todo nos libró
la buena astucia. En mi mocedad siempre andaba por las iglesias, y no de puro buen
cristiano. Muchas veces me hubieran llorado en el asno si hubiera cantado en el
potro. Nunca confesé sino cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve
por pedigüeño en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar
todos mis negocios con diez y seis maravedís: diez de soga y seis de cáñamo. Mas
de todo me ha sacado el punto en boca, el chitón y los nones. Y con esto y mi oficio,
he sustentado a tu madre lo más honradamente que he podido.
-¿Cómo a mí sustentado? -dijo ella con grande cólera. Yo os he sustentado a
vos, y sacádoos de las cárceles con industria y mantenídoos en ellas con dinero. Si
no confesábades, ¿era por vuestro ánimo o por las bebidas que yo os daba?
¡Gracias a mis botes! Y si no temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera lo de
cuando entré por la chimenea y os saqué por el tejado.
Más dijera, según se había encolerizado, si con los golpes que daba no se le
desensartara un rosario de muelas de difuntos que tenía. Metílos en paz diciendo
que yo quería aprender virtud resueltamente y ir con mis buenos pensamientos
adelante, y que para esto me pusiesen a la escuela, pues sin leer ni escribir no se
podía hacer nada. Parecióles bien lo que decía, aunque lo gruñeron un rato entre los
dos. Mi madre tornó a ocuparse en ensartar las muelas, y mi padre fue a rapar a uno
(así lo dijo él) no sé si la barba o la bolsa: lo más ordinario era uno y otro. Yo me
quedé solo, dando gracias a Dios porque me hizo hijo de padres tan celosos de mi
bien.

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