Tuesday, February 14, 2012

ADOLFO BIOY CASARES: sobretodo LITERATURA FANTÁSTICA.


Rindo tributo a uno de los escritores más queridos en la Argentina y en nuestra Latinoamérica.
Asimismo, dejo el LINK de LA INVENCIÓN DE MOREL (barra lateral del blog) quizá una de las obras de la LITERATURA FANTÁSTICA más ambiciosas y perfectas que se hayan producido en nuestra lengua.

Premio Cervantes 1990
ADOLFO BIOY CASARES
Novelista argentino
(Buenos Aires, 1914 – 1999)
Comenzó a escribir desde muy joven. Inicia los estudios
de Derecho y de Filosofía pero los abandona porque
decide dedicarse plenamente a la literatura.
En 1932, Victoria Ocampo le presenta a Jorge Luis
Borges, quien en adelante será su amigo y con quien
escribirá en colaboración varios relatos policiales con
el seudónimo de Honorio Bustos Domecq y también como Suárez Lynch: Seis
problemas para don Isidro Parodi (1942), en el que un ex peluquero resuelve casos
policiales sin moverse de su prisión; Dos fantasías memorables (1946); Un modelo para
la muerte (1946); Cuentos breves y extraordinarios (1955); Libro del Cielo y del Infierno
(1960); Crónicas de Bustos Domecq (1967), que según Bioy es lo mejor que escribieron
juntos; Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977).
En 1931 se funda la Revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, y Bioy Casares forma
parte del grupo fundamental de la revista. En 1933 se publica el libro de cuentos
Diecisiete disparos contra lo porvenir, escrito bajo el seudónimo de Martín Sacastrú.
Conoce a Silvina Ocampo, escritora, hermana de Victoria, y se casa con ella en 1940.
Escribe, con su colaboración, Los que aman, odian (1946) y ambos, con Borges
escriben, Antología de la Literatura Fantástica (1940), una selección imprescindible
para los amantes del género.
En 1940 publica su novela más conocida, La invención de Morel. Se trata de la historia
de un prófugo que escapa a una isla que se supone estar infectada por una
enfermedad mortal. En esa isla hay personajes que repiten eternamente las mismas
acciones, fruto de un invento que ha registrado imágenes en tres dimensiones y
sonido, cuya actividad es imposible de distinguir de la realidad.
En 1949 comienza a escribir El sueño de los héroes que se publica en 1954, basada en
la búsqueda y recuperación de tres noches de fiesta y transgresiones de un carnaval
de 1927 y la persecución de una enigmática máscara.
En 1954 publica, en colaboración con Borges dos guiones cinematográficos, Los
orilleros y El paraíso de los creyentes. En 1956 se publica en México el libro de cuentos,
La historia prodigiosa. En 1968 aparece Diario de la guerra del cerdo, llevada
posteriormente al cine por Leopoldo Torre Nilsson.
Se apasionó por el arte de la fotografía; pasión que se refleja en sus libros ilustrados
con fotografías. En 1985 se edita su novela La aventura de un fotógrafo en La Plata,
donde está presente su pasión por captar la realidad a través de las imágenes de los
seres y las cosas que la pueblan.
Entre los numerosos cuentos y novelas, publicadas por Bioy Casares, destacan
también: Plan de evasión (1945); La trama celeste (1948); Historia prodigiosa (1956),
Guirnaldas con amores (1959); El lado de la sombra (1962); Dormir al sol (1973); Un
campeón desparejo (1993); De un mundo a otro (1998); La muñeca rusa (1990), que
reúne una serie de cuentos que habían aparecido en periódicos y revistas de manera
aislada, y Una magia modesta (1997).
Su mujer murió en 1993 y, su hija Marta, al año siguiente. Bioy Casares, que le tenía
enorme temor a la muerte, dice: “La experiencia me ha enseñado que mientras el
hombre vive es feliz, y la vida me exalta. Yo me despierto y veo la luz del día, y es un
milagro que de nuevo tengamos un nuevo día para vivir. A parte de eso me parece
que la vida es muy dura y no me gusta nada la idea de la muerte. Tengo bastante
miedo y me gustaría vivir muchos años. Estaría dispuesto a firmar un contrato para vivir
quinientos años y lo firmaría enseguida”.
Recibió el Premio Cervantes en 1990. En 1991, da por concluida la redacción de las
Memorias que escribió a lo largo de su vida. Muere en 1999; sus restos descansan en el
Cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires.


CEREMONIA DE ENTREGA DEL PREMIO CERVANTES 1990
Discurso de ADOLFO BIOY CASARES

- 1 -
Antes de leer el Quijote, en dos ocasiones tomé la pluma para escribir literariamente. En
la primera lo hice para llamar la atención de una muchacha; en la segunda para imitar a
Conan Doyle y a Gaston Leroux. Debo aclarar que en aquella época mis ambiciones no
eran literarias. Lo que yo realmente quería era correr cien metros en nueve segundos y
ser campeón de box y de tenis.
Cuando leí el inolvidable comienzo y todo aquel primer capítulo que nos refiere cómo
era Don Quijote, dónde y con quiénes vivía, sentí una emoción muy fuerte. Había en
ella un dejo de ansiedad, porque Don Quijote abandonaría esa vida apacible, para salir
en busca de aventuras, y una fascinación que probablemente el despreocupado tono del
relato exacerbaba.
Si mal no recuerdo, antes de concluir el primer capítulo supe que yo quería ser escritor.
Sin duda lo quise para contar, en tono despreocupado, historias de héroes que dejan la
seguridad de su casa o de su patria y el afecto de su gente, para aventurarse por mundos
desconocidos. No tardé ciertamente en emprender la composición de una larguísima
novela, en cuyas páginas iniciales un joven español llegaba a Buenos Aires para hacer la
América.
Nuestro futuro es inescrutable y los caminos de la vida trazan extraños dibujos. Quién
me hubiera dicho que al cabo de 60 años felices, ocupados en contar historias, yo
recibiría el premio que lleva el nombre del querido escritor que me inició en las letras.
Tengo por afortunada casualidad la circunstancia de que mi primera ambición literaria
no haya sido de gloria, sino de suscitar algún día en los lectores una fascinación como la
que despertó en mí una novela. Quien aspira a la gloria, piensa en sí mismo y ve a su
libro como un instrumento para triunfar. Sospecho que para escribir bien, debemos
pensar en el libro, no en nosotros.
Poco tiempo después, en una antología escolar, encontré las coplas de Jorge Manrique
A la muerte de su padre. Con emoción jubilosa admiré el fluir de los versos y escuché la
tranquila enunciación de las inexorables verdades de nuestro destino. Diríase que la
conjunción de limpidez poética y de veracidad profunda no dejaron lugar para que la
tristeza del tema me acongojara. Vi en el poema cuanto parecía confirmar mi convicción
de que la vida es para una sola vez y que por ello debemos estar atentos mientras la
recorremos. Reparé asimismo en los versos que podían servirme de talismanes contra la
vanidad. Desde luego, los de la primera estrofa, pero también:
¿Qué se fizo el rey don Juan?


CEREMONIA DE ENTREGA DEL PREMIO CERVANTES 1990
Discurso de ADOLFO BIOY CASARES
- 2 -
Los infantes de Aragón
¿Qué se fízieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué fue de tanta invención,
como trujeron?
En aquellos días, mi plan de trabajo consistía en leer todos los libros y escribir otros
tantos. Como la novela en preparación postergaba las historias que se me ocurrían, la
hice a un lado y, con alivio, me puse a escribir un libro de relatos que no gustó a nadie.
Borges atribuyó mis errores al apresuramiento; no me dejé engañar por su generosa
hipótesis: comprendí que los errores provenían de la inmadurez de mi criterio. Para
mejorarlo estudié manuales de técnica literaria y, cuando descubrí Agudeza y arte de
ingenio de Gracián, proyecté un libro similar.
Muy pronto hubo un cambio de planes. Yo publicaría un arte de escribir, a imitación de
uno "en veinte lecciones" de Valbuena, que me prestó mi tío Miguel Casares. Estaba
seguro de que en el análisis de los errores cometidos en mi libro de relatos, encontraría
leyes valiosas. Debió de parecerme que nada mejor podía hacer con mi experiencia de
fracaso como escritor, que emplearla para la composición de un arte de escribir. No me
pregunté qué opinarían los lectores.
En una tarde muy lejana, mi padre me habló de Fray Luis de León; se refirió,
conmovido, a las famosas palabras "como decíamos ayer" y recordó estrofas de Vida
retirada.
No creo haber olvidado esos versos. Fray Luis no proponía tópicos retóricos; decía las
verdades que yo quería oír. Mostraba cuán insustanciales son los triunfos de la vanidad
y recomendaba la vida retirada. A ésta la interpreté, primero, como una isla remota y
solitaria, a la que nunca llegué, salvo en mis novelas; después, como la casa de campo
donde viví durante cinco años; por último, como la vida privada, que llevo mientras
puedo.
De los poemas de Fray Luis pasé a sus hermosas traducciones de Horacio. Una lectura
lleva a otra: la suerte me deparó Horacio en España, el encantador libro de Marcelino
Menéndez y Pelayo. En sus páginas se cotejan traducciones de Horacio por numerosos
escritores españoles, portugueses y latinoamericanos, de diversas épocas. Este cotejo, en
el que participé como lector, me pareció un utilísimo ejercicio literario. Las
traducciones de los Argensola me agradaron particularmente, pero la mayor revelación
para mí fue la espléndida Epístola a Horacio de Menéndez y Pelayo. Asombra cómo,
para la fama, un mérito oculta a otro. Porque se admira en Menéndez y Pelayo al
erudito, se le olvida como poeta. Carta a unos amigos de Santander para agradecerles el
regalo de una biblioteca es otro poema suyo que siempre releo.
De este modo, con aciertos de lector y con errores de escritor, fui internándome en el
ancho mar de la literatura o, para saludar una vez más a don Marcelino, en El ancho mar
de Píndaro y de Safo.
Doy las gracias a sus majestades los Reyes, que honran con su presencia este acto; a
quienes me confirieron el premio y a quienes ahora me acompañan tan amistosamente; a
los colegas y a los periodistas de España, de nuestra América y de mi país que, al
enterarse de la decisión del jurado, escribieron sobre mí y sobre mis libros, con una
- 3 -
generosidad que nunca olvidaré; a los amigos que me hicieron sentir que se alegraban
aún más que yo; a mucha gente que por las calles de Madrid y, después, por las calles de
Buenos Aires, me detuvo para felicitarme. Quiero también expresar mi gratitud a un
escritor que no está aquí, pero que está presente: Cervantes, a quien le debo la literatura,
que dio sentido a mi vida.

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