Monday, February 20, 2012

Premio Cervantes 1993 MIGUEL DELIBES Novelista y periodista español (Valladolid, 1920-2010)




Premio Cervantes 1993
MIGUEL DELIBES
Novelista y periodista español
(Valladolid, 1920-2010)

Al estallar la guerra civil, se alista voluntariamente en
la Marina “como un mal menor”, como dijo él mismo:
para evitar la lucha cuerpo a cuerpo si era enviado a
la Infantería. Esa experiencia le marcó de todos modos
profundamente. “Si fuera posible –escribió más tarde–
hacer un estudio médico de las personas que participamos en aquella terrible guerra,
resultaría que los mutilados psíquicos somos bastantes más que los mutilados físicos que
airean sus muñones”.
Terminada la guerra, cursa estudios de Derecho y de Comercio, al mismo tiempo que
de dibujo y modelado. La primera manera que tiene de manifestarse como artista es
dibujando: publica caricaturas en El Norte de Castilla, actividad que acabará
orientando su vida, pues su colaboración cada vez más estrecha con el periódico le
lleva a convertirse en periodista (al principio haciendo crítica de cine) y, finalmente, en
escritor.
En 1944 obtiene la cátedra de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de
Valladolid, apoyado por su maestro Joaquín Garrigues, director también del periódico
El Norte de Castilla. Delibes es un escritor netamente autodidacta; ha dicho, a
menudo, que aprendió a escribir en los manuales de derecho mercantil; su segunda
escuela fue el periodismo: llegó a ser director del periódico donde había empezado su
carrera, puesto que ocupó hasta que, en 1963, las constantes censuras del régimen
franquista le obligan a dimitir.
Su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, obtiene el Premio Nadal en 1947.
Es una narración tradicional, novela desolada, fría y sombría, situada en la ciudad de
Ávila. A continuación, publica Aún es de día. Su tercera novela, El camino (1950),
marca su verdadera consagración; se traduce muy pronto a varias lenguas. En 1953
publica Mi idolatrado hijo Sisí, novela de tesis en la que aborda la vida de la burguesía
provinciana en la ciudad de Valladolid.
Delibes es un gran aficionado a la caza y sobre este tema ha escrito muchísimo; entre
sus obras destacan: La caza de la perdiz roja (1963); El libro de la caza menor (1964);
Con la escopeta al hombro (1970); y Diario de un cazador (1955). Ha sido también un
gran viajero, a menudo dando conferencias y lecturas en universidades y otros centros
culturales; esa faceta de su personalidad ha dejado también huella en su obra: entre
sus libros de viajes se cuentan Un novelista descubre América (1956); Por esos mundos
(1961); La primavera de Praga (1969).
Es autor de magníficos relatos breves como los incluidos en Siestas con viento sur
(1957), entre los que destaca "La mortaja". Otras novelas son La hoja roja (1959); Las
ratas (1962), construida a partir de una sucesión de anécdotas en las que rememora
un pueblo desaparecido de Castilla; Cinco horas con Mario (1966), estructurada a
partir de un monólogo interior, y Parábola del náufrago (1969), su novela más
experimental, que aborda el conflicto entre el individuo y la burocracia.
Entre sus últimas obras se encuentran Las guerras de nuestros antepasados (1975), cuyo
tema es la violencia que rodea al protagonista sin hacer mella en su elemental y
singular bondad; El disputado voto del señor Cayo (1978); 377A, madera de héroe
(1987); y Señora de rojo sobre fondo gris (1991). En 1998 Delibes publicó El hereje,
novela por la que fue galardonado con el Premio Nacional de Narrativa en 1999. Esta
obra es su texto más extenso y supone su primer acercamiento a la novela de
ambientación histórica; el libro recrea la situación social y religiosa que se vivía en
Valladolid en el siglo XVI.
Miguel Delibes es Académico de la Lengua desde 1973. Entre los numerosos premios
que ha recibido, además del Premio Cervantes, mencionaremos el ya señalado
Premio Nadal (1948); el Fastenrath de la Real Academia (1957), por Siestas con viento
sur; el Premio de la Crítica (1962 ), por Las ratas; el Príncipe de Asturias (1982); el Premio
de las Letras de la Junta de Castilla y León (1984); el Premio Nacional de las Letras
(1991); el Premio Nacional de Literatura de narrativa (1999), por El Hereje.
Ha sido objeto también de numerosos honores, como los doctorados honoris causa por
las Universidades de Valladolid (1983), Complutense de Madrid (1987), del Sarre,
Alemania (1990) y de Alcalá (1996). Es Caballero de la Orden de las Artes y las Letras
de la República Francesa (1985). En 1993, la Diputación Provincial de Valladolid le
otorga la Medalla de Oro de la Provincia y, en 1999, se le concede la Medalla de Oro
al Mérito en el Trabajo.

SEGUNDA NOTA BIOGRÁFICA:
BIOGRAFIA: 
Siguiendo a cierra ojos el currículo, copiamos la fecha de su nacimiento -17 de octubre de 1920- y ésta nos sirve para discutir, sin extendernos en exceso, el marco generacional que más le conviene. A caballo entre la generación de 1936 y la de 1950, dice Edgar Pauk que «Miguel Delibes equidista de [Camilo José] Cela y [Juan] Goytisolo, y participa de algunas características de ambos, pero se mantiene independiente de los grupos que ambos representan, de tal modo que no es reconocido ni por el uno ni por el otro»


Analizado en los elementos que lo componen, hay en el itinerario vital del escritor un curioso cruce de casualidades que lo conducen al quehacer literario. Tras cursar estudios en el colegio de La Salle y sufrir en su ánimo juvenil los estragos de la guerra civil, el joven Delibes toma los manuales de Derecho y Comercio con el propósito de labrarse un futuro gracias a tales conocimientos. Por un cauce inesperado, ingresa en 1941 como caricaturista en El Norte de Castilla, pero, como él mismo repetirá más adelante, la mano del destino es imprevisible, y su afición a las letras cobra impulso

En 1946 se casa con Ángeles, y animado en todo momento por ella, hilvana su primera entrega novelesca, La sombra del ciprés es alargada, con la cual ganará el premio Nadal e iniciará su trayecto profesional en este campo, gracias asimismo al decidido apoyo del editor Vergés. Al tiempo, gana las oposiciones para las cuales había estado preparándose, y para mayor tranquilidad de los suyos, consigue plaza como catedrático de Derecho Mercantil en la vallisoletana Escuela de Comercio. En paralelo, sube en el escalafón periodístico, y de redactor pasa a ocupar el puesto de subdirector de El Norte de Castilla. Eso ocurre en 1952. Seis años después, ya es director. Ni que decir tiene que su labor, aunque fructuosa, es complicada, sobre todo a la hora de sortear los interdictos de la censura. Su posición a favor de los sectores sociales más desfavorecidos no le facilita las cosas.
Forzosamente alejado de la vanguardia periodística, su trayectoria como novelista le permite difundir su filosofía vital por otros medios. No en vano, es ya un autor reconocido gracias a títulos como El camino (1950), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), Diario de un cazador (1955) y La hoja roja (1959). Con esa trayectoria a sus espaldas, se propone denunciar en Las ratas (1962) la penosa situación en que viven muchos de sus paisanos..
Por otro lado, tras diversos viajes por Europa e Iberoamérica y una estancia como profesor visitante en la Universidad de Maryland, el escritor publica varios libros de viajes, muy celebrados por el público lector.


Un sustancioso capítulo de la literatura de Miguel Delibes lo componen aquellas obras cuya trama enmarca una profunda caracterización de los rasgos que prevalecen en la España de la primera mitad del siglo XX. Por esta vía, un vivo sentido del drama hispánico es la fuerza vinculatoria que une, más allá de sus particularidades y aun sin mezclar sus temas, entregas como Cinco horas con Mario (1966), Las guerras de nuestros antepasados (1975), El disputado voto del señor Cayo (1978) y Los santos inocentes (1981).
Delibes proclama su gusto por un antiquísimo deporte, la caza, a través del cual se ha ido formando un claro concepto de la fragilidad que caracteriza nuestro entorno.


Elegido miembro de la Real Academia el 1 de febrero de 1973, lee su discurso de ingreso el 25 de mayo de 1975
Aun sin paliar el dolor que le causa la desaparición de su esposa Ángeles, el público y la crítica salen al encuentro de Delibes, festejan sus virtudes literarias, y lo que es más importante, premian la sostenida coherencia de su ideario personal: humanista, libre de pensamiento y ejemplo de virtudes ciudadanas, gracias sin duda a cierta fermentación del mejor liberalismo.
Dentro de estas consideraciones, el elogio generalizado se aprecia bien a la hora de llegar a manos de Delibes los galardones de mayor enjundia: el Príncipe de Asturias (1982), el Premio de las Letras Españolas (1991) y el Cervantes (1993). Menudean los tratados y monografías en torno a su obra, los cineastas codician los derechos de adaptación de sus novelas y las ventas de todas ellas exigen nuevas reimpresiones. No extraña, por todo ello, que la última entrega novelesca del escritor, El hereje (1998), sobrepase las perspectivas de sus editores. De hecho, esta magnífica expresión del conflicto religioso del siglo XVI, meditada profundamente, rica en ingredientes morales y plasmada con una riqueza de estilo que reúne lo mejor del temperamento del autor, da a entender que los límites de su obra completa aún no se han cerrado y admiten una gozosa dilatación.

RECOMENDACIÓN DE LIBRO:
CINCO HORAS CON MARIO: Técnica: monólogo interior.

En la España conservadora, una mujer de clase media vela el cadáver de su marido, prematuramente fallecido. Utilizando como forma narrativa el monólogo, la esposa recuerda los muchos aspectos insatisfactorios de su vida en común. La Biblia de cabecera de Mario está subrayada con pasajes y a partir de estas citas, Carmen va desgranando sus pensamientos reprochándole su integridad moral y su falta de ambición.


- 1 -CEREMONIA DE ENTREGA DEL PREMIO CERVANTES 1993
Discurso de MIGUEL DELIBES

Heme aquí, en esta histórica ciudad de Alcalá de Henares, tratando de decir unas
palabras, trescientos setenta y ocho años después de que don Miguel de Cervantes
Saavedra, nacido en ella, dijera discretamente la última suya antes de enmudecer para
siempre. ¿Para siempre? El simple hecho de que hoy nos reunamos aquí, en esta
prestigiosa Universidad, para honrar su memoria, demuestra lo contrario, esto es que
don Miguel de Cervantes Saavedra no ha enmudecido, que su palabra sigue viva a
través del tiempo, de acuerdo con el anhelo de inmortalidad que mueve la mano y el
corazón del artista.
Con motivo de la concesión de este premio, se han vertido en los papeles lisonjas y
gentilezas que, aunque de una manera vaga, trataban de emparentar mi obra o mi
persona con las de don Miguel, atribuyéndome cualidades que como la tolerancia, la
piedad, la comprensión pueden ser indicativas de nobleza de carácter, pero no
ciertamente manifestaciones de talento creador. El gran alcalaíno es único e inimitable y
a quienes hemos venido siglos más tarde a ejercer este noble oficio de las letras apenas
nos queda otra cosa que proclamar su alto magisterio, el honor de compartir la misma
lengua y el deber irrenunciable de velar por ella.
Hay personas que no comprenden que yo sienta al recibir este Premio Cervantes por
"una vida entregada" a la literatura, un poso de melancolía, cuando, bien mirado, no
creo que pueda ser de otra manera. Entregada a la literatura o no, la vida que se me dio
es una vida "ya" vivida y, en consecuencia, el premio, con un reconocimiento a la labor
desarrollada, envuelve un agradecimiento por los servicios prestados que no es otra cosa
que una honorable jubilación. Cuando Cecilio Rubes, hombre de negocios y
protagonista de mi novela Mi idolatrado hijo Sisí habla en una ocasión de la edad de su
contable dice: "Si yo tuviera setenta años me moriría del susto". Y he aquí que esta frase
que escribí cuando yo contaba treinta y dos y veía ante mí una vida inacabable, se ha
hecho realidad de pronto y hoy debo reconocer que ya tengo la misma edad que el
contable de Cecilio Rubes. ¿Cómo ha sido esto posible? Sencillamente porque si la vida
siempre es breve, tratándose de un narrador, es decir de un creador de otras vidas, se
abrevia todavía más, ya que éste antes que su personal aventura, se enajena para vivir
las de sus personajes. Encarnado en unos entes ficticios, con fugaces descensos de las
nubes, transcurre la existencia del narrador inventándose otros "yos", de forma que
cuando medita o escribe, está abstraído, desconectado de la realidad. Y no sólo cuando
medita o escribe. Cuando pasea, cuando conversa, incluso cuando duerme, el novelista
no se piensa ni se sueña a sí mismo; está desdoblado "en otros seres" actuando por ellos.
¿Cuántas veces el novelista, traspuesto en fecundo y lúcido duermevela, no habrá
resuelto una escena, una compleja situación de su novela? Tendrá entonces que
producirse en la vida particular del narrador una emoción muy fuerte (el nacimiento de

CEREMONIA DE ENTREGA DEL PREMIO CERVANTES 1993
Discurso de MIGUEL DELIBES
- 2 -
un hijo, la enfermedad o la muerte de un ser querido) para que este estado de
enajenación cese, al menos circunstancialmente.
Pero esos otros seres que el creador crea son seres inexistentes, de pura invención, mas
el escritor se esfuerza por hacerlos parecer reales. De ahí que mientras dura el proceso
de gestación y redacción de una novela, el narrador procura identificarse con ellos, no
abandonarlos un solo instante. El problema del creador en ese momento es hacerlos
pasar por vivos a los ojos del lector y de ahí su desazón por identificarse con ellos. En
una palabra, el desdoblamiento del narrador le conduce a asumir unas vidas distintas a
la suya pero lo hace con tanta unción, que su verdadera existencia se diluye y deja en
cierta medida de tener sentido para él.
La imaginación del novelista debe ser tan dúctil como para poder intuir lo que hubiera
sido su vida de haber encaminado sus pasos por senderos que en la realidad desdeñó. En
cada novela asume papeles diferentes para terminar convirtiéndose en un visionario
esquizofrénico. Paso a paso, el novelista va dejando de ser él mismo para irse
transformando en otros personajes. Y cuando éstos han adquirido ya relieve y fuerza
para vivir por su cuenta, otros entes, llamados a ocupar su puesto en diferentes obras,
bullen y alimentan en su interior reclamando protagonismo.
Éste ha sido, al menos, mi caso en tanto que narrador. Pasé la vida disfrazándome de
otros, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia,
facilitaba nuevos horizontes, hacía aquélla más rica y variada. Disfrazarse era el juego
mágico del hombre, que se entregaba fruitivamente a la creación sin advertir cuanto de
su propia sustancia se le iba en cada desdoblamiento. La vida, en realidad, no se
ampliaba con los disfraces, antes al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una
entelequia cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes.
Pero este derroche de la propia vida en función de otros, no tenía una compensación en
tiempo. Es decir, cuando yo "vivía por otro". Cuando vivía una vida "ajena a la mía", no
se me paraba el reloj. El tiempo seguía fluyendo inexorablemente sin yo percatarme.
Sentía, sí, el gozo y el dolor de la creación pero era insensible al paso del tiempo. Veía
crecer a mi alrededor seres como el Mochuelo, Lorenzo el cazador, el viejo Eloy, El
Nini, el señor Cayo, el Azarías, Pacífico Pérez, Gervasio García de la Lastra, seres que
"eran yo" en diferentes coyunturas. Nada tan absorbente como la gestación de estos
personajes. Ellos iban redondeando sus vidas costa de la mía. Ellos eran los que
evolucionaban y, sin embargo, el que cumplía años era yo. Hasta que un buen día al
levantar los ojos de las cuartillas y mirarme al espejo me di cuenta de que era un viejo.
En buena parte, ellos me habían vivido la vida, me la habían sorbido poco a poco. Mis
propios personajes me habían disecado, no quedaba de mí más que una mente enajenada
y una apariencia de vida. Mi entidad real se había transmutado en otros, yo había vivido
ensimismado, mi auténtica vida se había visto recortada por una vida de ficción. Y
cuando quise darme cuenta de este despojo y recuperar lo que era mío, mi espalda se
había encorvado ya y el ácido úrico se había instalado en mis articulaciones. Ya no era
tiempo. Yo era ya tan viejo como el viejo contable de Cecilio Rubes pero, en contra de
lo que temía, no me había muerto del susto por la sencilla razón de que se me había
escamoteado el proceso.
Y si las cosas son así, ¿cómo mostrarme insensible al obtener este Premio Cervantes
merced a la benevolencia de un jurado de hombres ilustres? ¿Cómo no sentir en este
- 3 -
momento un poso de melancolía? Los amigos me dicen con la mejor voluntad: que
conserve usted la cabeza muchos años. ¿Qué cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la del
señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la que debo
conservar? En cualquier caso en el mundo de la literatura todo es relativo. Hay obras de
viejos verdaderamente "admirables" y otras que "no" debieron escribirse nunca.
Entonces antes que a conservar la cabeza muchos años a lo que debo aspirar ahora es a
conservar la cabeza suficiente para darme cuenta de que estoy perdiendo la cabeza. Y en
ese mismo instante frenar, detenerme al borde del abismo y no escribir una letra más.
El arco que se abrió para mí en 1948 al obtener el Premio Nadal, se cierra ahora, en
1994, al recibir de manos de Su Majestad -a quien agradezco profundamente esta
deferencia- el Premio Cervantes. En medio quedan unos centenares de seres que yo
alenté con interesado desprendimiento. Yo no he sido tanto yo como los personajes que
representé en este carnaval literario. Ellos son, pues, en buena parte, mi biografía.

0 comments:

Post a Comment